viernes, 22 de enero de 2021

Por el tercer año consecutivo un relato mío ha sido seleccionado en un concurso literario internacional, "Premis Literaris Constanti", que tiene por galardón la publicación de la obra en un libro, juntamente con los relatos de otros participantes seleccionados entre los 581 inscritos

Estoy doblemente contenta, porque además de obtener ese reconocimiento, podré dejar registrado una historia más de mi familia. En los dos concursos anteriores relaté hechos de mi familia paterna brasileña. En ese último concurso conté la saga de mis abuelos españoles que salieron de España en los años de 1951 hacia Brasil, en busca de una mejor calidad de vida para ellos y sus tres jóvenes hijos. Esa es una historia verdadera de una pequeña parte de la vida de unos inmigrantes españoles.

¡Adelante!

Cartel del concurso cuyo tema en ese año fue "Relats d'historia".


IR Y VOLVER

Mi madre siempre ha tenido miedo a viajar en avión. Un día me contó que fue por el viaje de España a Brasil en el año 1951 en el cual, mientras sobrevolaban el océano Atlántico, el avión pasó por una fuerte tormenta y se sacudía con las turbulencias, se movía arriba y abajo como en una montaña rusa y por la ventanilla se podían ver los temibles rayos que causaban terror a una niña de solo once años que nunca había viajado en aquel medio.

El avión habría de cruzar 9.382 km desde Francia, donde hizo una escala después de despegar de Madrid, hasta São Paulo, distancia máxima que los aviones más modernos para la época conseguían alcanzar. Antaño, los aviones transportaban entre 60 y 100 pasajeros, a diferencia de los actuales que pueden llevar hasta 360 personas y volar sin escalas durante 12.700 km.

Aterrizaron el día 12 de marzo de 1951 en el aeropuerto de São Paulo, región sureste de Brasil.

Empezarían de cero.

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Miguel Diez Gutiérrez (hijo de Tertuliano y de Maria de las Candelas) y Manuela Gandullo Salvador (hija de Manuel y de Consuelo) se casaron el 23 de abril de 1936, en la provincia de Madrid, donde ya vivían desde solteros y continuaron viviendo hasta el día que dejaron su tierra natal.


Fotografía de la boda en 1933 y del Libro de Familia.
 

Del matrimonio nacieron tres hijos, aún en España: Miguel, Pilar (mi madre) y Ángel Carlos. Eran una familia muy unida y feliz, pese la dificultades vividas en una época turbulenta de España. Me acuerdo perfectamente de como se iluminaba el rostro de mi madre cuando me contaba algunos de sus recuerdos de infancia: —¡Éramos tan felices!— hablaba con énfasis una y otra vez, contando que el abuelo les despertaba en las madrugadas frías de invierno cuando nevaba. —¿Que los niños tienen que dormir? Sí, claro, pero primero ¡a ser feliz viendo caer la nieve en la noche oscura!— Así era abuelo: miraba la belleza de la vida con tantas ganas que ni la tristeza ni las dificultades ni las normas ni tampoco la muerte eran capaces de nublar cualquier momento de felicidad.

En el barrio de Ciudad Jardín, en Madrid, ya casados, vivieron durante un tiempo con los bisabuelos, los padres de mi abuela. El bisabuelo Manuel era un hombre muy activo, criaba caracoles en patio trasero de la casa y tal vez de ahí venga la influencia para que abuelo haya criado tantos animalitos distintos a lo largo de su vida: gusanos de seda, peces, canarios, gallinas… De niña me regaló el canario “Tiquinho” que vivió 12 años y cuyo canto yo sabía reproducir con exactitud y lo recuerdo hasta el día de hoy (creo que es de ahí de donde viene mi gusto por silbar).

En el año 1937, a los ocho días del mes de julio, nacía el primer hijo de la pareja, mi tío Miguel Diez Gandullo. Y solo un año y diez días después de tan hermoso suceso estalló la guerra que se extendería hasta el 1º de abril de 1939 y que cambiaría el destino de mis abuelos y sus descendientes para siempre. Empezaron días muy duros y oscuros para la mayoría de la población española.

Mi madre Pilar con 9 años y mi tío Ángel Carlos con 4 años, aún en España.


Vivir se convirtió en un desafío diario para el abuelo y la abuela. Había escasez de alimentos y se impuso un racionamiento a la población. Mi abuelo tenía que caminar varios kilómetros, una vez a la semana, hasta un cuartel donde le donaban tres sacos de pieles de patatas que la abuela cocinaba intentando sacar el máximo provecho. Una vez al mes tenían derecho a una botella de un litro de aceite. En cierta ocasión, embarazada de su primer hijo, la abuela se resbaló mientras sujetaba la preciada botella y, para no dejar que se cayera y se rompiera, se dejó caer con su enorme vientre al suelo y salvó el valioso líquido. El dolor era menor que el miedo al hambre.

Mi abuela era la que más sufría. Décadas más tarde, los nietos vimos en su rostro y en su salud cómo le pasó factura todo aquello. Nos contaba que, durante los bombardeos, cuando oía las sirenas de advertencia, seguidas del terrible sonido de explosiones, algunas veces lejanas y otras más cercanas, sentía como si su piel se fuera despegar de la carne. Cercano el final de la guerra, muy próximo de donde vivían, a menudo había ejecuciones en medio de la calle. Los muertos quedaban tendidos allí mismo durante todo el día para ejemplo (y terror) del resto de ciudadanos.

La guerra llegó a su final en 1939, once días después del nacimiento de mi madre. La posguerra no les devolvió la tranquilidad de antaño. Un país dividido ideológicamente, destrozado moral y físicamente se convirtió en un lugar poco seguro para vivir. Las dificultades continuaban y se asomaban a las ventadas de las casas más humildes. Las cartillas de racionamiento contribuían a dividir aún más a la población, puesto que las había de primera, de segunda y de tercera categoría en función del nivel social y del tipo de trabajo del cabeza de familia. El hambre azotaba las espaldas de la población. Y al hambre no puedes pedirle que espere a que todo mejore.

Los años pasaban y el escenario no era favorable. Oleadas de españoles empezaron a salir de su país hacia otros que no se habían involucrado en la guerra y uno de ellos era Brasil. ¡Qué tierra tan lejana! Pero con muchas promesas, oportunidades y puertas abiertas. Algunos parientes de mis abuelos fueron primero y las noticias que llegaban desde el Nuevo Mundo eran muy buenas, así que abuelo decidió que ellos, los cinco miembros de la familia, también iban a empezar vida nueva en aquel país tan grande. Vendió todo lo que tenían y eso fue lo justo para comprar los billetes y nada más. Cada uno llevó consigo una sola maleta con sus pertenencias.

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En el aeropuerto de São Paulo, la mayor ciudad de Brasil, sin saber hablar portugués, el abuelo tenía que coger algún taxi que los llevara hasta la casa de su cuñado, Saturnino Scudero, que había llegado años antes. ¿Pero cómo pagar el traslado si no tenía dinero para el trayecto? Mi abuelo se acercó a un taxista y le dijo que no tenía dinero, pero que necesitaba llegar al barrio donde estaba su familia. La bienvenida de aquel país vino en forma de un hombre compasivo. Al ver a los cinco inmigrantes, de los cuales un niño de siete y una niña de 11 años, además del jovencito adolescente de 13, el taxista se ofreció a llevarlos sin cobrar. Volvieron a encontrarse años más tarde; el abuelo quiso pagarle, pero la moneda deseada por el antiguo taxista fue la amistad, que se mantuvo durante el resto de sus vidas.

Manuela y Miguel, mis abuelos fotografiados en el patio de su casa en São Paulo, Brasil.


El abuelo llegó a Brasil con una promesa de empleo. Pronto empezó a trabajar en los Diarios Asociados como fotograbador, profesión escasa en el país y muy valorada. Una de las labores del abuelo era colorear fotografías, originalmente en blanco y negro. Trabajó en el mismo oficio y lugar hasta jubilarse. Cuando pienso en su profesión la veo como un reflejo de su forma de vivir: él ponía color en todo. A su lado reíamos mucho y siempre había una palabra de esperanza que salía de su boca. Sus manos llevaron el color donde no lo había y su vida nos enseñó que se puede ser feliz en cualquier lugar del mundo cuando tienes un corazón lleno de gratitud.

Mi abuelo coloreando una fotografía antes en blanco y negro.

Tarjeta de filiación al sindicato de la categoría profesional en la cual trabajó hasta su jubilación.


Mantener una familia de cinco personas no es tarea fácil. Así que la abuela también tuvo que encontrar un trabajo y fue en una fábrica de medias donde pasó muchos años metiendo las manos dentro de las medias calientes que recién habían salido de los moldes. Mi madre me contaba que con sus doce o trece años cuidaba de su hermano más pequeño mientras mi abuela trabajaba. Cuando se aproximaba la hora de la llegada de la abuela, mi madre duchaba a Carlitos, le ponía su ropa limpia y planchada lo sentaba en el muro de la casa esperando a su mamá. A la abuela le alegraba mucho ver que sus hijos habían superado con éxito y felices un día más. El hijo mayor pronto llegaría también, pues a sus catorce años ya había encontrado trabajo. Todos se ayudaban y apoyaban mutuamente.

Mi abuela tuvo que dejar su trabajo en la fábrica de medias. La diferencia térmica que experimentaban sus manos tocando las medias calientes y después el aire frío hacía que con frecuencia se pusiera enferma. Su salud ya era débil cuando vivía en España. Allí, en algún momento de la guerra tuvo contacto con el virus de la Hepatitis C, que hasta entonces no había sido descubierto, y solo lo fue después de su fallecimiento. El virus le atacaba el hígado, causándole muchos dolores y debilidad. Mi abuelo pasó a ser también amo de casa, haciendo todo tipo de labores del hogar como lavar, planchar, limpiar, además de continuar trabajando como fotograbador. Pero la abuela no se rendía y hacía todo lo que podía y no dejaba de cocinar. ¡Ah!, que recuerdo más hermoso tengo de su rosto feliz cuando la iba a visitar y me recibía con las exquisitas chuletas de cerdo a la plancha y un dulce melón de postre (¡los melones de São Paulo son los mejores del mundo!).

Mis abuelos en la misa por su 50 aniversario de boda, en São Paulo, Brasil. 


No les sobraba el dinero, pero no les faltaba de nada. Me acuerdo de lo bueno que era ir con ellos al mercado municipal. Allí freían los mejores “pastéis” (una especie de empanada con masa muy fina y con algún relleno —mi preferido era de queso—), vendían quesos, frutas, carnes e incluso animalitos vivos como mascotas. Un verdadero mundo para una niña. Íbamos en el escarabajo de abuelo, modelo de choche que lo acompañó durante toda su vida en Brasil. La abuela, pequeñita de cuerpo, se sujetaba en el mango del panel delantero del pasajero en los antiguos modelos del choche y, para que pudiera estar más cómoda y segura, el abuelo le puso un trozo de madera bajo sus pies para que se pudiera apoyar. El ruido del motor, el olor del plástico de los asientos y el humo del escape aún los puedo sentir. Cuando crecí un poco más y les iba a visitar (iba con frecuencia, pero vivíamos en otra provincia a 500 km de ellos) siempre le limpiaba el coche. Cuando alguien le ofrecía para limpiarlo, contestaba: “No hace falta, lo hará Pilarín en cuanto venga.”

Los hijos de mis abuelos crecieron, se casaron y les dieron nueve nietos. Entre nosotros, los primos, la forma de vivir de nuestros abuelos dejó su huella: estábamos unidos, éramos amables los unos con los otros, nos reíamos mucho y jugábamos incansablemente. Éramos la imagen de una vida llena de levedad, pasara lo que pasara.

Mis abuelos con sus 8 nietos. Falta Ana Paula que nacería 4 años después de esa foto.

Mi abuela y yo con 1 año y medio, en mi casa en Porto Alegre, Rio Grande del Sur, Brasil.


Los abuelos habían comprado una casa de dos pisos en el barrio de la Lapa, São Paulo, donde vivieron hasta el fin de sus días. Mi abuelo se jubiló y se dedicó totalmente a cuidar de mi abuela, que falleció en 1986. La abuela nunca quiso volver a España, ni siquiera de visita. Decía que tenía recuerdos muy duros y que Brasil era ahora su patria. Ambos amaban aquel joven país. Jamás dejaron que los hijos o nietos hablaran mal de la tierra que les acogió y les permitió tener una vida feliz y próspera. Murieron felices en la tierra que los acogió.

De jovencita yo sabía muy poco sobre España, pero amaba aquella tierra porque era para mí tan dulce, feliz, tierna, buena, fuerte, amable y divertida como lo eran mis abuelos. Crecí con el anhelo de ir a vivir allí un día.

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Siempre me encantó viajar en avión. ¡Y a mi hijo Pietro más! Los aviones son seguros y el viaje es toda una aventura con sus comidas, películas en la pantalla individual, sin contar las escalas en los aeropuertos de otros países que siempre nos proporcionaban alguna experiencia gastronómica. Es la sensación de percibir un hermoso lado de la libertad.

Vendimos todo y el dinero fue suficiente para los dos billetes de ida y para poder mantenernos al menos durante tres años. Cada uno llevábamos dos maletas, dos de ellas contenían libros míos. Mi hijo Pietro aceptó con naturalidad dejar todas sus pertenencias para vivir una gran aventura (lo era para un adolescente de 13 años). Yo, Pilar, percibí cuantas cosas había acumulado a lo largo de mis 48 años y que nada de eso me haría falta de verdad.

Aterrizamos el día 6 de agosto de 2017 en el Aeropuerto Josep Tarradellas de Barcelona-El Prat.

Empezamos de cero.

FIN (pero la historia no se acaba aquí...)


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